IBA EL MORO

con sus camellos a cuestas, buscando un sitio donde escribirle. Le había llegado una carta en francés de ella hacía unos días y estaba muy emocionado. Recordaba sus días en Marbella y no podía creer que ella también los recordase. Mientras llegaba a su cashba, pensaba porqué si ella le escribía en francés, nunca se habían entendido más que por señas. Después se arrepintió de ese pensamiento porque no había derecho a pensar tal cosa. Definitivamente, se dijo, a ella igual la había comprendido; tanto es así que de sólo pensar en ella le dolía con mucho dolor el bajo vientre. Recordaba un amanecer cuando los ojos de ella se abrieron a la luz del sol casi Africano, y él los vio casi transparentes y le decía en Inglés lo que le decía. Ella no lo entendía así que el acercó un espejo y se los mostraba, y enmarcando los suyos con el dedo índice y el yema, le decía que eran dos estrellas. Ahora a tantos años, todavía escuchaba la risa de ella y algo que ella le decía en castellano. Qué importaba ahora, ahora solo importaba contestar la carta donde ella le hablaba de tantos recuerdos y hasta le ponía una fotografía trepada a una barcaza y agitando su mano. Allí ella también le escribió una leyenda que decía: «¡Chau, ma Morô, â biantò, a un autre été!»
Con esos pensamientos el Moro transportaba sus camellos y en su turbante blanco de arena, bien escondida, la carta.
Era todo un problema que debería resolver cuando descansara del desierto. Todo un problema. No sabía bien qué le iba a decir a su Princesa de las Pampas, porque había intuido el arrojo de ella y no fuera a ser que se le apareciera en Casablanca. Debería pensar bien la contestación. El había logrado casarse con una de su especie y hasta hijos tenía. Se echó a reír. Solo a ella se le ocurre a tantos años, recordarlo y avivar el fuego que juntos habían pecado, allá, en Marbella. Mejor se hacía el distraído, total las cartas suelen perderse en su recorrido. Iría a lo de su primo hermano y le consultaría. Primo era muy sabio y siempre supo resolver problemas de todo tipo. pero mientras este pensamiento lo relajaba, su corazón seguía tan agitado como entonces. Detrás del sobre la muy perversa había puesto sus labios pintados de rojo carmín y había estampado un beso.
Una noche de luna él había puesto su boca en la boca pintada en el sobre. Y los Bere-Bere de la otra tribu, se reían y festejaban la rara acción del Moro besando un papel arrugado y lleno de arena. A él no le importaba, si ellos supieran... y les sonrió con esa sonrisa que guarda el secreto del mundo. Sí, iría a lo de primo y resolvería no más su problema. También dejaría la carta allí, pues mujer era terriblemente celosa y astuta. Primo era absolutamente reservado y además, sabía del amor que Moro había llorado por tantos años. A veces, entraba en la Biblioteca y miraba el mapa. Recorría con sus manos el sitio donde suponía ella habitaba. Devolvía el libro de geografía de Sudamérica y se iba a dormir cansado y triste de esperar lo que ahora tenía: una carta, hasta con remito, una carta, y de ella!
Así iba Moro transportando su carga, agobiado de tanto cansancio de la cuarentena en el desierto.
Hizo hincapié en sus recuerdos y hasta se acordaba de verla rezando en la Capilla de la Placita de Los Naranjos, justo a la hora en que él, oraba hacia la Meca.
Y hasta recordaba, de una tarde que Susana- la amiga que ella le había presentado- le dijo en inglés que no valía la pena, que Ella era como una calesa, y que lo haría pedazos una vida, lo haría.
Otros recuerdos portaba el Moro en su camino. Por ejemplo cuando él se fue a conversar en esa playa con unas francesas pues tenía un gran stress de no poder comunicarse con ella. Y ella lo encontró con las francesas y le armó un escándalo. Tal era su ira que fue al chiringo donde el dejaba sus ropajes y la vio entrar al mar con sus turbantes su sayo y sus hojotas y hasta su billetera! y la vio, como arrojaba ella todito arrojaba al mar con una furia que él, no le conocía. Pero no calculó ella que el mar devuelve todo, y no había pasado una hora en aquel atardecer cuando sus ropas yacían estupefactas a la orilla.

Todo recordaba. Llegaría a su casa y pondría mucho cuidado al dejar su turbante para refrescarse. A esa hora, mujer estaba con sus tías tejiendo canastas y él después del baño, prendería su narguile y entonces relajado volvería a leer y besar, y acariciar la carta de ella.
Hizo todo como estaba previsto. Se bañó con espumas de Oriente, controló su ansiedad, encendió sahumerios, luz tenue y cuando abrió el turbante listo para regodearse por mil veces con la lectura de la maravillosa carta, sólo encontró un papel donde decía: «Moro, te esperamos en el pozo de Amad, para recuperar carta de amor.
Nosotros, los primos de tu esposa».

paramihamidymidylolaentorremolinos1985